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Durante años pensé que mis actos más “amorosos” eran prueba de mi capacidad de entrega: mi intensidad, mi cuidado extremo, mi sintonía emocional, mi disponibilidad absoluta, mi presencia. Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer que muchas de esas conductas no nacían del amor, sino del miedo. Miedo a no ser elegida, a no pertenecer, a no ser suficiente. Miedo a sentirme sola dentro de mí misma.
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Del enganche a un “nosotros” que honra el “yo”.
Detrás de toda adicción —a una sustancia, a una persona, a la aprobación, al control— hay un mismo vacío: la desconexión con uno mismo. Encontrar la felicidad y la libertad no depende de escapar del dolor, sino de aprender a habitar el momento presente. Tras convivir diez días con Tommy Rosen y aprender su método Recovery 2.0, puedo ver una vez más que el Yoga, más que una práctica, es un estilo de vida capaz de transformar la relación con la adicción y abrirnos a una vida de plenitud.
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