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El yoga comienza con un gesto tan sencillo que solemos pasarlo por alto: respirar. Antes de cualquier asana, antes de cualquier movimiento, la respiración ya está ahí, sosteniéndonos. Sin embargo, la mayoría vivimos desconectados de este acto íntimo, como si respirar fuera solo una función automática.
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En este vaivén de la respiración podemos descansar. Exhalar el esfuerzo. Sentirnos parte del fluir. Allí nace la gratitud real: no como una idea, sino como una experiencia encarnada.
Estoy viva. Es suficiente. Gracias. —como decían Ram Dass, Krishnamurti y Thich Nhat Hanh— La espiritualidad es una práctica viva en lo cotidiano, y la maternidad un escenario perfecto para despertar.
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