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Es fácil decir que amamos el arte. Más difícil es sostener esa afirmación cuando nos enfrentamos a expresiones que no entendemos o que no nos interpelan directamente. Aun así, las artes —todas— han construido formas de sensibilidad que atraviesan el tiempo, las fronteras y las generaciones.
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Algunos de nosotros caminamos con las memorias puestas. Hoy, como hace cincuenta años, rescatamos la ropa que nos gusta de los clósets de nuestros antepasados y la usamos como parte de una identidad que es nuestra, pero también es prestada.
El joven Valentino Garavani vivía en Roma cuando, en un café de la ciudad, conoció a Giancarlo Giammetti. Ese encuentro selló el destino del diseñador de 28 años, no solo porque se convirtieron en pareja, sino porque fue la sociedad con Giancarlo lo que llevó a la casa de costura del modisto de la bancarrota al esplendor al éxito financiero, demostrando con esto que los grandes siempre son dos.
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