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El culto guadalupano, piedra angular de la renovación moral y espiritual del pueblo mexicano, constituye el sendero por el cual la esperanza nos conduce al consuelo por medio de la oración. En 1531, tras consolidarse la hazaña épica de la conquista de la gran Tenochtitlan, la paz comienza a manifestar sus primeros frutos y da inicio un proceso único en la historia: la llamada conquista espiritual. Las órdenes mendicantes —franciscanos, agustinos y dominicos— emprenden una obra evangelizadora fundada en la caridad, la pobreza y la pureza del amor cristiano, y basada en las Repúblicas ideales de Erasmo de Rotterdam. Su dedicación hacia los indígenas, ejercida con celo y humanidad, marca un capítulo excepcional. Hombres de profunda entrega intelectual y moral, como Vasco de Quiroga, quien intenta realizar la primera utopía social en Santa Fe, encabezan esta empresa transformadora. Figuras como Motolinía, Pedro de Gante, Mendieta, Jerónimo de San Esteban y fray Bartolomé de las Casas, entre muchos otros, se ganan el apelativo afectuoso de “tatas”, o padres, otorgado por los grupos indígenas. Sin embargo, la memoria de varios de estos personajes ha sido relegada por narrativas oficiales y parciales. Incluso Hernán Cortés, actor fundamental del periodo, queda ensombrecido por los prejuicios de la leyenda negra. Tales distorsiones impiden una comprensión integral de nuestros orígenes, raza y nacionalidad. Sahagún, padre de la antropología mexicana, es igualmente relegado, pese a la trascendencia de su trabajo, fruto de una vida entera dedicada al estudio respetuoso de las raíces profundas del Anáhuac. En este momento decisivo de fusión cultural y surgimiento de la nacionalidad, tiene lugar, según la tradición, la aparición de la Virgen de Guadalupe, al manifestarse ante un humilde indígena, Juan Diego, a quien se dirige como su hijo más amado y a quien pide construir un templo en el cerro del Tepeyac. Con ello, la Virgen eleva a los desposeídos y les confiere una dignidad espiritual incomparable, tal como ya se daba por la legislación española de la época. En este acto se reconoce un privilegio singular concedido a esta tierra: non fecit taliter omni nationi. Con el tiempo, numerosos prodigios acrecientan su prestigio como madre protectora y milagrosa: en 1633 efectúa la curación de la devastadora “tos chichimeca” y la expulsión de la peste que diezmaba a la Ciudad de México. Su presencia se convierte en consuelo, refugio y fuerza. Durante la época virreinal se reconoce su patronazgo sobre las artes, las letras y el espíritu mismo que constituyen a la Nueva España. En la lucha por la Independencia, su imagen encabeza el primer estandarte insurgente levantado por Hidalgo en Atotonilco en 1810. En Cuautla, en 1812, los soldados portan su efigie en sus sombreros como símbolo de protección y guía. Casi un siglo después, muchos revolucionarios retoman este mismo signo, reafirmando la continuidad espiritual de la nación. La “Morenita” permanece como estandarte espontáneo, incorruptible ante las codicias, falsedades humanas y el mal uso de su nombre para fines políticos. Sin embargo, la época contemporánea muestra desviaciones lamentables. El afán de lucro, la frivolidad y el circo social han desplazado el recogimiento y la profunda devoción popular. En mi última visita, observé con pesar que la Calzada de los Misterios fue modificada sin considerar la dignidad del peregrino, y que grupos sin verdadero criterio se erigen en árbitros de tradiciones sagradas, limitando la libertad de quienes cumplen sus mandas. Este intervencionismo, aunque aparente civilidad, vulnera la integridad y el derecho espiritual de los fieles. En el atrio de la actual Basílica, la escena recuerda inevitablemente el pasaje bíblico en que Cristo expulsa a los mercaderes del templo. Empresas mediáticas y autoridades civiles, y ahora militares, ocupan un lugar que no les corresponde, relegando al pueblo —verdadero propietario espiritual de la devoción guadalupana—. Sobre tarimas se presentan los tributos de pueblos autóctonos de toda la República, con danzantes, concheros, malabaristas y todo tipo de expresiones que desarrollan diversas historias, dándole un sentido humano de amor y respeto al sentido religioso; y los grupos humildes que acuden espontáneamente a ofrecer “mañanitas” son desplazados por intereses comerciales o por la mala interpretación “proteccionista” de las autoridades, que no comprenden la entrega religiosa de las mandas. Se observa una dolorosa incongruencia entre el espíritu del recinto y la frivolidad autoritaria impuesta. La nueva Basílica, admirable obra arquitectónica del gran arquitecto don Pedro Ramírez Vázquez, se transforma en escenario televisivo donde el silencio no responde al recogimiento, sino a la técnica de transmisión: devoción y oración convertidas en pan y circo. Recuerdo haber asistido de la mano de mi padre, años atrás, a estas “mañanitas” en el antiguo recinto: el olor del pueblo, los cantos sencillos y llenos de fe, las procesiones humildes, los rostros felices pese al cansancio de días de camino. Aquella entrega a la fe era un acto puro y profundamente mexicano. El cuidado de la Basílica debería corresponder a una congregación plenamente orientada a la evangelización, heredera del espíritu humilde y fundante de las primeras órdenes mendicantes. La humildad y la sencillez son el corazón del cristianismo. La devoción guadalupana constituye uno de los pilares de nuestra unidad nacional, independientemente de la confesión individual de cada ciudadano. El respeto al culto no es únicamente un acto religioso, sino un reconocimiento a lo que ha dado fuerza moral y esperanza al pueblo mexicano. Mantengamos todos este orgullo que constituye todo lo que México es. Instagram: @rodrigoriverolake y @galeriarrl Website: rodrigoriverolake.com Texto: Rodrigo Rivero Lake Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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