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La opresión que se impone al pueblo a través de las limitantes a su libertad va provocando un deterioro en los fundamentos que la rigen, así como en el desarrollo de la sociedad. Esto desemboca en la ebullición del descontento, buscando con ello el mejoramiento del estado de cosas, basado en mejores oportunidades fruto de la libertad. Por desgracia, hemos visto en la historia que esto raramente se produce por evolución, sino generalmente por revolución. Así, surge de entre el pueblo aquel hombre iluminado que encarna las demandas populares y que, por su liderazgo, encamina el descontento popular, convirtiéndose en caudillo del movimiento. Muchos de ellos son manejados por intereses bastante distintos a la imagen que representan, pero que son los que financian o dirigen las demandas para que el movimiento pueda seguir adelante. Ya Napoleón decía que las guerras se hacían con dinero. Así entendemos que Francisco Villa llevara la mejor estrategia y armamento, pues Carothers, de West Point, su asesor personal norteamericano, pasaba la información de sus movimientos a Randolph Hearst y, con base en su dirección, pudo, por ejemplo, ser publicada la toma de Zacatecas en los periódicos norteamericanos, con el resultado exacto de lo sucedido horas antes de que empezara la batalla. Por otra parte, llama la atención la lucidez del pensamiento de Emiliano Zapata; sus famosas frases, como: “La tierra es de quien la trabaja”, y parte de su ideario agrario lo encontramos con anterioridad en un personaje casi desconocido y muy controvertido llamado Manuel García González, quien tomó el nombre de Manuel Lozada y fue apodado “El Tigre de Álica”. El gran Irineo Paz, un furibundo enemigo de Lozada, relata que este nació el 22 de septiembre de 1828 en Nayarit, en el pueblo de San Luis; siendo un joven pacífico, apuñaló al hombre que abandonó a su madre, dejándolo en la miseria al robarles su ganado y pertenencias. Este hecho lo obligó a refugiarse en la sierra, donde se organizó con una banda de gavilleros y llevó una vida delictiva. El momento agrario por el que nuestro querido país pasaba era terrible. Durante el virreinato, las tierras “mostrencas” —que pertenecían al rey— eran subarrendadas por los llamados medieros, quienes, con el apoyo de los préstamos de la Iglesia —la cual fungía como el banco del avío—, sembraban y generaban la principal producción agrícola del país, proveyendo el sustento necesario a millones de novohispanos. Al momento de esa terrible guerra civil que fue la Independencia, se abandonó el campo, propiciándose con ello la salida de los grandes capitales, además de las terribles y desafortunadas matanzas; tal fue el caso de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato. Esto empobreció enormemente la producción agrícola y, por ende, directamente al pueblo. La expropiación de estas tierras, pertenecientes tanto al rey como a la Iglesia y a las comunidades indígenas, hizo que pasaran a ser propiedad privada y —al amparo de la ley liberal del 25 de junio de 1856, conocida como Ley Lerdo, de desamortización de los “Bienes de Comunidades”— provocó que los medieros pasaran de ser promotores y productores independientes a peones empleados de los nuevos grandes terratenientes, con salarios miserables, creándose así la nueva sociedad agraria burguesa del país. Dicha situación cambió profundamente, consolidando grandes latifundios de escasa producción, cáncer de nuestro país, donde solo los intereses económicos rigen tanto en pro de la miseria de los peones como en la merma de la producción agrícola. Así, los intereses de ambos bandos —tanto conservadores como liberales— fueron usados por ejecutores con intereses económicos particulares que, defendiendo sus supuestos ideales, costeaban una guerra interna. De ambos lados participaron sanguinarios cabecillas que emprendieron la lucha, embanderados en sus causas; por la parte liberal, Antonio Rojas la comandó, y por la causa conservadora, Manuel Lozada, pero este en forma circunstancial, ya que él sí tenía un profundo interés en los problemas comunales agrarios de Nayarit y, para 1854, se convirtió en un revolucionario. Para septiembre de 1857 ya tenía madurez ideológica y liderazgo social en la lucha por la tierra. Lozada se presentó ante el Juzgado Segundo reclamando la devolución de las tierras y ganados tomados de los indígenas, con base en las leyes recién decretadas, y, al no hacerse esto, tomó por asalto las haciendas de Mojarras y Puga, repartiendo lo solicitado entre los indígenas. Para noviembre de 1857 mandó entregar al general Rocha, jefe de Tepic, un escrito con las causas, motivos e ideales de los pueblos unidos, siendo Lozada su caudillo. En él dice: “...no habiendo sido escuchados por las autoridades a las que hemos acudido a hacer nuestros reclamos del modo más quieto y respetuoso... oyendo mejor a los enemigos... quienes se llevan hasta las cosas de nuestros templos... y nos duele el corazón... por esta causa nos hemos levantado reclamando nuestras tierras... y una ley de mediación y deslinde... para que cada uno disfrute lo que sea suyo y no sigamos padeciendo de tantas ingratitudes”. En 1859 sigue Lozada: “...si, compatriotas... no haya más entre nosotros rencillas perversas ni odiosidades personales, marquemos el hasta aquí a este constante malestar de los pueblos, resultado de sus disensiones locales... echemos un velo de absoluto olvido que cubra para siempre los partidos locales que han hecho correr tanta sangre”. Para 1869, nos dice Enrique de Aguinaga Cortés —en su participación en el estupendo libro Manuel Lozada, luz y sombra (Congreso del Estado y Universidad Autónoma de Nayarit, 1999)—, que Lozada organizaba comisiones para que en cada poblado se revisaran las escrituras respectivas y así poder conceder sus derechos a los pueblos indígenas. Lozada debe ser considerado, sin lugar a dudas, el primer precursor del agrarismo mexicano.
El principio de este tan controvertido personaje se debe a que recibió ayuda económica de los comerciantes Barón-Forbes de Tepic, quienes encontraron en Lozada a alguien que protegiera no solo sus intereses, sino también el camino y las entregas de las mercaderías, fruto de los contrabandos que ingresaban al país por el puerto de San Blas, contrabando que ellos controlaban. Su adhesión a este grupo de comerciantes extranjeros llevó a Lozada a apoyar también la invasión francesa, creando un numeroso ejército con el que invadió Sinaloa. Fue piedra angular en la toma de Mazatlán el 5 de noviembre de 1864, apoyando en tierra a la escuadra francesa del Pacífico, comandada por el almirante Normand de Kergrist. En fin, fue muy importante su ayuda en las acciones imperiales al norte del país. Sus movimientos militares, tanto como sus pensamientos agrarios, fueron tan vastos y prolíficos que tomaría varios artículos describirlos, pero estoy seguro de que la curiosidad por este personaje desatará en ustedes el deseo de estudiarlo a fondo. El famoso general juarista Ramón Corona persiguió a Lozada hasta que logró, mediante la traición de una mujer, tomarlo prisionero el 14 de julio, cuando estaba refugiado en una cueva. Fue necesaria una escolta de dos mil soldados, cosa extraordinaria en ese momento, para llevarlo hasta el cuartel general en Tepic. Posteriormente, fue llevado a la loma de la Cruz, donde fue finalmente fusilado, pasando “el Tigre de Álica” a ser una leyenda en el olvido. Instagram: @rodrigoriverolake y @galeriarrl Website: rodrigoriverolake.com Texto: Rodrigo Rivero Lake Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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