|
En un cofre no solo se guardan secretos. Todos nosotros hemos conservado alguna vez, dentro de una pequeña caja, sueños, recuerdos, ilusiones e incluso fragmentos de nuestra propia historia. Estos delicados contenedores, conocidos también como arquetas o pequeñas arcas, han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, resguardando aquello que consideramos valioso, tanto en nuestra historia y en lo material que nos acompaña como en lo espiritual que nos inspira. El propio término arca nos remite de inmediato a uno de los relatos más conocidos de nuestra tradición occidental: el Arca de Noé. Según la narrativa judeocristiana, Dios anunció el Diluvio Universal y ordenó a Noé construir una embarcación destinada a preservar la vida sobre la Tierra. En ella encontrarían refugio su familia y las parejas de todas las criaturas creadas. Curiosamente, esta historia posee antecedentes aún más antiguos en las civilizaciones mesopotámicas, donde aparece relatada en textos como el poema de Atrahasis y, posteriormente, en la Epopeya de Gilgamesh, demostrando cómo ciertas narraciones han acompañado a la humanidad a través de los siglos, trascendiendo culturas, religiones y fronteras. Nada es nuevo bajo el sol en la historia de la humanidad. Lejos de parecer una simple leyenda, las grandes inundaciones han formado parte de la memoria colectiva de numerosos pueblos. La propia Ciudad de México conoció episodios dramáticos en el antiguo Valle de Anáhuac. Durante siglos, virreyes, ingenieros y gobernantes enfrentaron el desafío de controlar las aguas que periódicamente amenazaban con recuperar el espacio que alguna vez ocuparon los lagos. Obras monumentales como el célebre Tajo de Nochistongo y, más tarde, los complejos sistemas hidráulicos modernos son testimonio de una lucha constante del hombre contra la naturaleza. Las cajas, cofres y arquetas aparecen también de manera recurrente en la literatura, la poesía y la filosofía. Son recipientes de memoria y símbolos universales de aquello que se guarda, se protege o se anhela conservar. Recordemos aquellos versos que evocan una pequeña caja de cristal donde guardamos los recuerdos del amor, del corazón y también del desamor. Inevitablemente llegamos a la mitología griega y a la célebre caja de Pandora. Zeus, deseoso de castigar a la humanidad tras el robo del fuego por parte de Prometeo, entregó a Pandora un recipiente cuya apertura le estaba prohibida. La curiosidad venció a la advertencia y, al abrirlo, escaparon todos los males que aquejan al mundo. Solo permaneció en su interior Elpis, la esperanza, último consuelo concedido a los mortales. De este antiguo relato nace una de las expresiones más repetidas de nuestra cultura: “la esperanza es lo último que se pierde”, o quizá, lo único que nunca se acaba. Más allá de sus significados simbólicos, las arquetas poseen un lenguaje propio. Su forma, sus proporciones, la curvatura de sus tapas, la calidad de sus maderas y la riqueza de sus decoraciones permiten identificar su origen y su época. Los herrajes de hierro forjado, las aplicaciones en plata, los bronces dorados o los remates de oro son verdaderas firmas materiales que revelan la mano y el tiempo de sus artífices. Particular interés merece la tradición de las cajas decoradas en barniz de Pasto, extraordinaria técnica desarrollada en la región de Nariño, Colombia. A partir de una resina vegetal obtenida de la planta de mopa-mopa, los artesanos crean delicadas superficies de colores brillantes y complejas composiciones ornamentales de fama mundial. El resultado es un objeto donde convergen, en perfecta armonía, la naturaleza, la técnica y la sensibilidad artística. De igual manera, las arquetas mexicanas constituyen un fascinante universo por descubrir. Oaxaca, por ejemplo, ha producido durante siglos algunos de los más bellos ejemplos de arcones y cofres decorados en marquetería. Sus herrajes, diseños y sistemas constructivos permiten reconocer con precisión tanto su procedencia como el periodo en que fueron elaborados. De igual importancia para la historia de las arquetas en la Nueva España fueron las extraordinarias cajas Namban llegadas desde Japón a través de la ruta del Galeón de Manila. El término Namban, o “bárbaros del sur”, era utilizado por los japoneses para referirse a los navegantes portugueses que arribaban a sus costas durante los siglos XVI y XVII. Estas refinadas piezas, elaboradas con complejas técnicas de laca y decoradas con oro y delicadas aplicaciones de nácar, fascinaron a los habitantes del mundo virreinal. Su presencia en la Nueva España no solo testimonia la intensa actividad comercial que unía Asia, América y Europa, sino que también influyó profundamente en la producción artística local. No resulta difícil encontrar ecos de estas obras orientales en numerosos muebles, escritorios, arquetas y objetos novohispanos decorados con enconchados, marqueterías y aplicaciones de materiales exóticos. Pocas piezas nos hablan con tanta claridad de aquel temprano proceso de globalización que convirtió a la Nueva España en uno de los grandes centros de intercambio cultural del mundo. La observación de estos objetos antiguos y artesanales abre ante nosotros verdaderos caminos de conocimiento. Cada pieza se convierte en un documento silencioso que habla de rutas comerciales, intercambios culturales, materiales y gustos estéticos. Las cajas Namban llegadas de Oriente, al igual que una arqueta incrustada con nácar, carey, marfil o concha, nos revelan la existencia de complejas redes de comercio y de un constante diálogo entre civilizaciones aparentemente distantes.
Sus motivos decorativos nos hablan de influencias culturales que viajaron junto con las mercancías, enriqueciendo los lenguajes artísticos de cada región. Resulta imposible ignorar la profunda huella del arte mudéjar en la producción artística hispanoamericana. La presencia islámica en la península ibérica durante siglos dejó una extraordinaria herencia de formas geométricas, patrones decorativos y soluciones arquitectónicas que llegaron al Nuevo Mundo a través de España. Aquellas influencias se incorporaron al arte virreinal mexicano y continúan presentes hasta nuestros días en innumerables manifestaciones artísticas, culturales y artesanales. Hoy la caja o arqueta forma parte también de nuestro lenguaje cotidiano. Hablamos de la caja de los recuerdos, de la caja de los sentimientos o incluso de la célebre “Cajita Feliz”, nombre que ha trascendido su origen comercial para integrarse a nuestro imaginario colectivo. Más allá de las expresiones populares, existe una caja que todos deseamos abrir: aquella donde se encuentran guardadas la esperanza, la paz, la prosperidad y la serenidad que anhelamos para nuestro futuro y para nuestro país. Porque, al final, todo cofre guarda algo más que objetos. Guarda historias. Y son precisamente esas historias las que convierten a una simple caja en un extraordinario testimonio de la experiencia humana. Instagram: @rodrigoriverolake y @galeriarrl Website: rodrigoriverolake.com Texto: Rodrigo Rivero Lake Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
0 Comentarios
Dejar una respuesta. |
