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A lo largo de la historia, el ser humano ha desarrollado innumerables técnicas para transformar los materiales que lo rodean y convertir los objetos de uso cotidiano en verdaderas manifestaciones de arte y creatividad. La búsqueda de durabilidad, belleza y funcionalidad dio origen a procedimientos destinados no solo a decorar, sino también a proteger e inclusive impermeabilizar aquellos objetos que acompañaban la vida diaria. Muchas de estas técnicas han sobrevivido al paso del tiempo y hoy constituyen un testimonio excepcional del ser y del actuar de las sociedades que las crearon. El territorio que alguna vez conformó la rica, vasta y prolífica Nueva España ofrece innumerables ejemplos de este extraordinario ingenio. En distintos y distantes puntos de su vasta geografía surgieron expresiones artísticas que, con el paso de los siglos, adquirieron un carácter distintivo y ocuparon un lugar relevante dentro de las historias locales del arte de sus zonas de origen y procedencia. Sin embargo, estas manifestaciones no se limitaron al territorio novohispano. A lo largo de todas las Américas surgieron técnicas singulares en las que los materiales, los conocimientos y las tradiciones de distintas culturas se encontraron y se transformaron con el paso del tiempo. Una de las expresiones más fascinantes de este proceso es el llamado Barniz de Pasto, cuyo nombre proviene de la ciudad de Pasto, en la zona de Nariño, Colombia, cercana a la línea ecuatorial, de donde procede esta técnica. La historia de esta manufactura se remonta a varios siglos atrás. Entre los testimonios más antiguos encontramos objetos como los queros o vasos ceremoniales, utilizados desde la época prehispánica para beber chicha en la zona andina, así como objetos funerarios anteriores a la llegada de los españoles al continente. A través del tiempo, el Barniz de Pasto recibió diversas influencias, transformándose y adaptándose a nuevos contextos culturales y diseños hasta convertirse en uno de los símbolos más representativos de la identidad andina y, localmente, nariñense, de donde adquiere el mote de Barniz de Pasto. Su singularidad reside no solamente en el resultado visual, sino también en la extraordinaria materia prima que le da origen. El proceso comienza con la recolección de las pepas o cogollos del arbusto conocido como mopa mopa, originario de las selvas del Putumayo. Parte de estas “semillas” se mastica y se alarga a mano hasta obtener una delgada capa de resina vegetal, que se aplica a la pieza, ya decorada mediante diversas técnicas, aplicaciones de metales como el oro y la plata, y colorantes que van desde muy intensos hasta muy tenues, de acuerdo con la decoración y la época. La decoración abarca desde simples arquetas hasta muebles de tamaño regular. Se trata de un complejo proceso artesanal en el que intervienen distintos oficios: carpinteros, torneros, talladores y, finalmente, el maestro barnizador, responsable de transformar la materia en una superficie decorativa de extraordinaria calidad y riqueza. La madera se trabaja y prepara para recibir las delgadas láminas obtenidas de la resina que resulta de esta masticación. La resina se macera y calienta en agua para volverla maleable; en una primera etapa, se le incorporan pigmentos de origen mineral, animal o vegetal y se extiende hasta convertirse en finísimas láminas. El artesano las manipula con las manos y, de manera sorprendente, también con la boca, ya que la parte más importante consiste en masticar las semillas y extender la resina con las manos para aplicarla sobre la pieza ya decorada y lograr, en algunas piezas de suma belleza, diseños verdaderamente intrincados. Más allá de la destreza necesaria para esta técnica, cada una de estas piezas encierra una compleja historia de intercambios culturales. El Barniz de Pasto constituye así una de las expresiones más interesantes del mestizaje hispanoamericano: un diálogo entre materiales, conocimientos, imágenes y tradiciones que atravesaron fronteras y generaciones. Debemos considerar que el puerto del Callao, en el Perú, mantenía un comercio intenso con Acapulco, punto de salida y terminal de los conocidos galeones de Manila y punto de contacto con la gran China y todos los mercados asiáticos. Durante los virreinatos, esta red dio por resultado un intenso intercambio económico y cultural. Es precisamente a través de sus imágenes como estas piezas adquieren una dimensión aún más profunda. Para comprenderlas, es necesario acercarse a ellas desde dos perspectivas complementarias: la iconografía, que permite identificar y describir las imágenes representadas, y la iconología, que busca interpretar los significados que se encuentran detrás de ellas: virtudes, vicios, símbolos religiosos, conceptos morales, animales y representaciones vinculadas con distintas tradiciones culturales. La iconografía —del griego eikón, “imagen”, y graphéin, “descripción”— permite estudiar las imágenes dentro de su contexto histórico y cultural, así como comprender su transformación a través del tiempo. La iconología, por su parte, profundiza en aquello que las imágenes significan y en la manera en que reflejan el pensamiento de una sociedad determinada. En las piezas decoradas con Barniz de Pasto encontramos precisamente ese fascinante encuentro de mundos. Aparecen animales provenientes de tradiciones europeas, como los leones, asociados al poder español, junto con representaciones de la fauna y la simbología propias de la región. Esta convivencia de imágenes revela la complejidad de un proceso de transculturación en el que las formas, los significados y las tradiciones se entrelazaron para producir un lenguaje artístico nuevo. Incluso podemos encontrar representaciones de seres mitológicos semejantes a aquellos descritos por Ovidio en sus Metamorfosis. La presencia de estos motivos permite imaginar a los artífices como hombres familiarizados con los repertorios visuales y culturales de su tiempo, capaces de incorporar a su trabajo imágenes procedentes de universos muy diversos. Una referencia fundamental para comprender este fenómeno es el estudio de Álvaro José Gómez Jurado Garzón titulado El Barniz de Pasto, testimonio del mestizaje cultural en el suroccidente colombiano, 1542-1777 y publicado en 2017, obra que reúne y analiza buena parte de la compleja historia de esta tradición. El Barniz de Pasto no debe entenderse únicamente como una técnica decorativa. Es, ante todo, el resultado de un largo proceso histórico en el que confluyeron conocimientos indígenas, influencias europeas, intercambios comerciales y nuevas formas de representación. Durante siglos, las culturas del suroccidente colombiano, así como las regiones de Ecuador y Perú, participaron en estos intercambios, cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta periodos prehispánicos, particularmente en la fase Piartal de los Pastos, a partir del siglo X d. C. Lo extraordinario es que aquella tradición no desapareció. Por el contrario, consiguió adaptarse a nuevos públicos y nuevos contextos, viajando mucho más allá de su lugar de origen y convirtiéndose en una expresión reconocible de la identidad cultural de Nariño. Pasto es, además, cuna de otras singulares expresiones artesanales, como el enchapado en tamo —realizado con pequeñas fibras vegetales de colores—, la marroquinería y la talla en madera. Sin embargo, ninguna posee la particularidad del Barniz de Pasto. En cada objeto barnizado permanece, de alguna manera, la memoria de un territorio, de sus materiales y de quienes aprendieron a transformarlos. La resina del mopa mopa, las manos del artesano y las imágenes que cubren la madera conforman un lenguaje que ha logrado atravesar siglos. Es justamente ahí donde reside su mayor riqueza: en la capacidad del arte para conservar la memoria de los encuentros entre culturas y convertirlos en objetos que, siglos después, continúan hablándonos. Instagram: @rodrigoriverolake y @galeriarrl Website: rodrigoriverolake.com Texto: Rodrigo Rivero Lake Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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