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Es fácil decir que amamos el arte. Más difícil es sostener esa afirmación cuando nos enfrentamos a expresiones que no entendemos o que no nos interpelan directamente. Aun así, las artes —todas— han construido formas de sensibilidad que atraviesan el tiempo, las fronteras y las generaciones. No todas nos gustan por igual. Hay quien prefiere la pintura a la música, el cine al teatro, la ópera al ballet o viceversa. Esa diferencia no solo es natural, sino necesaria. Lo problemático aparece cuando el desconocimiento se disfraza de opinión y, peor aún, cuando se convierte en desdén. En días recientes, Timothée Chalamet —frecuentemente nombrado como un ícono de la moda contemporánea— hizo declaraciones que minimizan el valor de disciplinas como el ballet o la ópera. Más allá de la anécdota, el gesto revela algo más profundo: la fragilidad de ciertos “íconos” construidos desde la superficie. El ballet y la ópera no son expresiones menores. Su impacto cultural es incuestionable, y su relación con la moda ha sido constante y sofisticada. Basta pensar en el trabajo de casas como Giorgio Armani, Viktor & Rolf o Christian Lacroix en escenarios líricos, donde el vestuario no solo acompaña la escena: la construye. En el ballet, los ejemplos también abundan: desde Oscar de la Renta hasta Palomo Spain o Riccardo Tisci, la moda ha dialogado con el cuerpo en movimiento para producir imágenes profundamente estéticas, a veces incluso eróticas. No se trata de que todas las personas disfruten de estas disciplinas. Se trata de reconocer que el desconocimiento no debería convertirse en desprecio, especialmente cuando se ocupa un lugar de visibilidad pública. Hemos hablado antes de lo que constituye a un ícono de la moda: coherencia, discurso, una relación clara entre imagen e identidad. Un ícono no solo viste bien; encarna una postura.
Por eso resulta pertinente preguntarse qué ocurre cuando esa imagen cambia según la estrategia del momento. El tránsito de cierta ambigüedad estética hacia una masculinidad más convencional —visible en recientes apariciones públicas— no es en sí problemático. Lo problemático es cuando ese cambio evidencia que no había una postura detrás, sino una construcción calculada. Porque un ícono no se define por usar un top con la espalda descubierta o por portar un traje perfectamente cortado. Se define por la capacidad de sostener una identidad, incluso cuando esta incomoda. Los falsos íconos de la moda funcionan como espejismos: nos hacen creer que las reglas han cambiado, que todo es posible, que la diferencia es celebrada. Pero basta una declaración desafortunada para que la ilusión se disuelva. Conviene recordarlo: no todo lo que brilla es oro. A veces, basta la menor provocación para que debajo del esmalte aparezca el cobre. Instagram: @GuillermoLeónLB Podcast: El Reino de la Historia de la Moda Website: guillermoleon.com.mx Texto: Guillermo León Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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