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El joven Valentino Garavani vivía en Roma cuando, en un café de la ciudad, conoció a Giancarlo Giammetti. Ese encuentro selló el destino del diseñador de 28 años, no solo porque se convirtieron en pareja, sino porque fue la sociedad con Giancarlo lo que llevó a la casa de costura del modisto de la bancarrota al esplendor al éxito financiero, demostrando con esto que los grandes siempre son dos. El recuento de los logros de Valentino en la moda y la cultura material de la segunda mitad del siglo XX son muchos. Podemos mencionar sus drapeados, símbolo inequívoco de la Alta costura francesa por su rezuma y técnica intrincada para lograrse. Por supuesto los bordados de sus vestidos, aquellos que en los años 70 y 80 llenaban las páginas de revistas como Telva, Hola o Lecturas y, como dice Giancarlo en el documental sobre el diseñador, para hacer uno de estos hoy en día habría que vender un banco italiano. Lujo, movimiento o delicadeza, son tan solo algunos de los atributos de los diseños de Valentino, pero por encima de todo eso se encuentra la belleza. Sus vestidos no solo están perfectamente bien cortados, también sus proporciones, adornos y colores están pensados para ser, ante todo, atemporales. Comenzó su camino por la moda en París, como asistente de Jean Dessès, de quien aprendió una técnica pulida y la capacidad de encontrar inspiración en la artesanía, la ilustración o las artes. Cinco años después se une al equipo de Guy Laroche, con quien permanece unos tres años para regresar a Roma por petición de su padre, quien lo convence de abrir una casa de modas al estilo francés en la capital italiana. Al igual que Balenciaga, para Valentino el contexto en el que desarrolló su talento tuvo mucho que ver en las oportunidades que pudo encontrar para construir su éxito. En los años 60 Italia pasaba por una etapa de consolidación después de los aciagos años de la guerra y la dictadura. Los diseñadores italianos, juntos con los empresarios de los tejidos y artesanías especializadas, luchaban desde Florencia en posicionar la moda de su país y trataban de dar a conocer su saber hacer, principalmente, al mercado norteamericano. Valentino, quien había abierto su casa de modas en 1960, buscaba hacerse de un lugar trabajando al estilo francés: presentando dos colecciones al año a su clientela exclusiva y haciendo viajar modelos francesas a Roma para sus presentaciones. Esto, aunado a la gran inversión que le significaba hacer cada vestido, estaba llevando a su firma a la bancarrota. Fue en ese momento crítico que el destino puso para él a las personas que lo llevarían al éxito financiero y personal: Elizabet Taylor, quien escogió un vestido columna de Valentino para la premiere de la película Espartaco (1967), Jacqueline Kennedy, a quien le diseñó un discreto vestido de encaje para su boda con el magnate Aristóteles Onassis en 1968, y claro, Giancarlo Giammetti, quien se enamoró perdidamente de él al grado de dejar su estudios como arquitecto para dedicarse, en cuerpo y alma a llevar la casa de modas de Valentino al éxito. La relación de este diseñador con la clientela norteamericana y la aristocracia europea le permitió llevar su firma por todo el mundo, no solo por hacer conocida su Alta costura, también por las diferentes gamas de productos que llevaron su firma. Desde el prêt-à-porter de lujo hasta sus perfumes o el coche que han ostentado la marca legendaria Valentino. Su relevancia en los negocios de moda es innegable, en 1986 Vogue lo nombró el mayor exportador de moda italiano, ya que sus ventas internacionales superaron los 385 millones de dólares.
Amante del arte, abrió en 1990 la Academia Valentino, espacio expositivo que después lo llevaría al activismo, por consejo de Elizabeth Taylor, ya que dedicó las ganancias de la Academia al apoyo de pacientes con VIH. Siendo un creador fiel a su estilo y convencido de que la elegancia y la influencia retro de su estilo eran permanentes, dedicó su trabajo durante los años 90 a ser la respuesta genuina al grunge y la deconstrucción de esos años. Su último desfile fue en enero de 2008 en París, después de haber anunciado su retiro, el cual dejó documentado en el magnífico documental “El último emperador” (2008). Pero no puso un alto a su carrera, inspirado por las exposiciones que le dedicaron varios museos en Nueva York, Paris y Roma antes de retirarse, creó junto con Giammetti el museo virtual de Valentino Garavani, un verdadero archivo digital con su vida y obra, que resume de manera extraordinaria sus aportaciones a la cultura de nuestro tiempo. Por supuesto que ninguna cantidad de líneas alcanzarían para hacer el recuento de una vida llena de éxitos y trabajo arduo. Basta con dar una mirada discreta a cualquier compendio sobre Valentino para entender la magnitud de su legado. Creo que uno de los grandes aprendizajes que nos deja este diseñador es que nada se construye desde la gratuidad o la casualidad. Las grandes trayectorias siempre se consolidan en equipo: musas y creadores, diseñadores y socios, personas y sus parejas. Porque la historia de Valentino Garavani es también la historia de Giancarlo Giammetti, con quien construyó uno de los grandes imperios de la moda de nuestro tiempo. Por eso conviene recordar que, en la historia de la moda, los grandes siempre son dos. Instagram: @GuillermoLeónLB Podcast: El Reino de la Historia de la Moda Website: guillermoleon.com.mx Texto: Guillermo León Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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