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Algunos de nosotros caminamos con las memorias puestas. Hoy, como hace cincuenta años, rescatamos la ropa que nos gusta de los clósets de nuestros antepasados y la usamos como parte de una identidad que es nuestra, pero también es prestada. Elegantemente le llamamos “ropa vintage”; antes era solo la ropa que heredábamos de nuestros padres o abuelos, porque comprar en mercados de pulgas no era una práctica tan común —o, si lo era, no se acostumbraba decirlo—. Recuerdo a una amiga de mis épocas de estudiante que se lamentaba dramáticamente de que su hermana compraba en La Lagunilla “ropa vieja”, ¡sin lavar!, decía, con la que luego se armaba unos estilos que a mí me dejaban sorprendido. Cuando las alfombras rojas comenzaron a llenarse de vestidos de archivo de casas como Givenchy, entendimos que el pasado ya no era pasado. Era capital simbólico. Desde entonces, los cuerpos —las personas— nos volvimos archivos ambulantes que rescatan estilos del pasado y los resignifican en el presente. Algunos estilos son más obvios que otros, pero todos nos dicen algo. En la IBERO imparto la materia de diseño para caballero y frecuentemente me encuentro con estudiantes que reinterpretan el estilo “pachuco” o el zoot suit. Eso habla del interés creciente de las generaciones jóvenes por los estilos de antaño, pero también de sus discursos. La voz de la comunidad latina ha sido históricamente silenciada, especialmente la de quienes habitan el norte global. El zoot suit fue uno de los estandartes de protesta de los latinos que vivían en Estados Unidos y que, inconformes con las reglas de austeridad de la Segunda Guerra Mundial, decidieron usar el exceso como consigna política. Hoy ese gesto puede verse en los pantalones pata de elefante, con pinzas y cinturas altas que utilizan figuras como Harry Styles o Bad Bunny. Pero en ese rescate también se cruzan otros elementos: el género, la interculturalidad, la cultura urbana. La memoria no vive en los museos. Vive en los cuerpos que se atreven a citarla. Pienso en Freddie Mercury, quien utilizó ropa de marcas británicas como BIBA o Zandra Rhodes y cuyo estilo perdura hasta hoy no solo en la historia musical, sino en quienes emulan su bigote, sus pantalones ceñidos, sus enterizos estampados o su chamarra amarilla al estilo Lord Kitchener. En otro punto del mapa está Ney Matogrosso, que combinó magistralmente atuendos tradicionales del Amazonas con la estética de los rockstars de su tiempo: maquillaje, pelucas gigantes, mucha piel expuesta y accesorios llamativos. Un visionario que creó un estilo que podría vestir, sin esfuerzo, cualquier editorial de moda actual. La memoria de estos estilos puede volverse incómoda porque deviene en política. Nos habla de inconformidad con el género, de romper las normas de la elegancia burguesa, de normalizar lo tabú hasta convertirlo en mainstream. Las quejas sobran; las consecuencias, a veces, son fatales.
Así que, si esta tarde deciden usar ese trench coat del abuelo o ese abrigo que lleva más de treinta años colgado esperando ser resignificado, recuerden: el cuerpo es archivo y cada prenda, una declaración política. Lo escribo a punto de ponerme un abrigo vintage de Mugler, que tanto le rogué a mi madre que comprara en el 94, ahora resignificado con unos botines de animal print, para recordarme que el género, como la moda, también puede resignificarse. Instagram: @GuillermoLeónLB Podcast: El Reino de la Historia de la Moda Website: guillermoleon.com.mx Texto: Guillermo León Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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