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Hablar de Moza Saracho es hablar de una práctica artística que no se conforma con la superficie. Su trayectoria —que atraviesa ciudades como Roma, Nueva York, París, Ámsterdam y Sudáfrica— no responde a una lógica lineal, sino a una constante expansión de lenguaje. Formada en instituciones como la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York, el Istituto Europeo di Design en Roma y la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, Moza Saracho ha construido una obra que dialoga tanto con la historia del arte como con la experiencia íntima de la percepción. Antes de consolidar su lenguaje pictórico, su carrera se desarrolló en el mundo de la escenografía y el vestuario, colaborando en producciones cinematográficas, teatrales y operísticas de alto nivel. Desde su paso por Cinecittà hasta su trabajo en proyectos vinculados a los Hermanos Coen, su sensibilidad espacial se formó en contextos donde la narrativa, la atmósfera y la precisión técnica son fundamentales. Esa experiencia no desaparece en su pintura: se transforma, se condensa y reaparece como estructura invisible. Un punto de inflexión en su práctica ocurre durante su residencia en el estudio de Willem de Kooning en East Hampton. Ahí, en contacto directo con uno de los lenguajes más complejos del expresionismo abstracto, Moza Saracho inicia una exploración que la llevaría a desarrollar lo que hoy denomina “arte molecular”: un sistema de descomposición visual donde la realidad se fragmenta en unidades esenciales —formas, texturas, color— para ser reinterpretada desde una lógica propia. Este proceso, profundamente ligado a su experiencia de dislexia visual, se convierte en el eje conceptual de su obra. En 2026, su lenguaje alcanza una nueva dimensión al ser invitada por Mercedes-Benz como artista participante en el Longines Global Champions Tour México 2026, en el marco de los 140 años de la marca. A través de dos intervenciones --Códices en Suspensión y Portal— Moza no ilustra, sino traduce: construye un diálogo entre memoria ancestral e ingeniería contemporánea. En la primera, formas inflables evocan lenguajes arqueológicos en constante transformación, mientras que en la segunda, una estructura monumental de precisión geométrica alberga al Mercedes-Maybach S 680 como si flotara dentro de un sistema invisible. Ambas piezas configuran un paisaje donde pasado, presente y futuro coexisten con una elegancia silenciosa. En conversación con Moza Saracho, la charla fluye desde lo íntimo hacia lo estructural. Hay una conciencia muy clara de que su trabajo no nace únicamente de la técnica, sino de una manera particular de percibir el mundo. Al preguntarle sobre ese punto de quiebre —ese momento en el que lo que antes podía parecer una limitación se convierte en lenguaje— la artista reflexiona desde su experiencia más reciente. Moza Saracho: “Por un lado, Mercedes-Benz representa una ingeniería que ha evolucionado durante más de un siglo; por otro, mi trabajo explora la memoria ancestral, los códices, los sistemas simbólicos. Yo hago algo que llamo arte molecular. Lo que me interesaba no era ilustrar la marca, sino traducir su esencia en un lenguaje artístico. Tomé elementos muy claros —la elegancia, el potencial, los 140 años— y quise representar, a través de estas dos instalaciones, ese tránsito del pasado hacia el futuro.” A partir de ahí, la conversación se desplaza hacia el corazón de su propuesta conceptual. El arte molecular, más que una técnica, se revela como una forma de pensamiento. Lejos de improvisar, Moza construye desde una base sólida de investigación, donde cada decisión responde a una estructura previa. Moza Saracho: “No creo en crear por crear. Necesito cimientos, como un arquitecto. Investigo mucho antes de empezar: puedo ir a antropología, leer, absorber. Cuando hago sketches, ya sé por dónde vengo. Y luego viene esa parte de romper, de deconstruir. Porque al final, lo que queda son las moléculas, y eso es lo que permanece. Me interesa romper para entender qué queda.” Ese impulso de descomposición tiene raíces profundas en su trayectoria. Su paso por la escenografía no solo le dio herramientas técnicas, sino una comprensión compleja del espacio y la narrativa. Al hablar de ese tránsito, Moza no lo plantea como una ruptura, sino como una integración de mundos aparentemente opuestos. Moza Saracho: “Siempre fui muy intuitiva con lo visual. Incluso antes de entenderlo como una profesión, ya estaba ahí. Me acuerdo que en cualquier contexto, desde cosas muy básicas como decorar espacios o montar un evento, yo siempre levantaba la mano. Era algo muy natural en mí, como una necesidad de ordenar, de componer, de intervenir lo que veía.Después, cuando llego a Roma y empiezo a estudiar escenografía, se me abre un mundo completamente distinto. Empiezo a trabajar en cosas muy técnicas, desde sastrerías donde estaba todo el vestuario de Fellini en Cinecittà, hasta producciones enormes donde entendí lo que implica realmente construir un universo visual. Ahí fue donde me di cuenta de que no bastaba con la intuición, que necesitaba una base técnica sólida. Por eso decidí seguir estudiando, me fui a Nueva York, hice la maestría, y al mismo tiempo trabajaba muchísimo. Era un proceso muy intenso: leía, investigaba, hacía research constantemente. Soy muy ratón de biblioteca en ese sentido. Me interesaba entender no solo cómo hacer las cosas, sino por qué se hacen así. Y todo eso hoy está completamente integrado en mi trabajo. No lo veo como etapas separadas, sino como capas que se fueron sumando. Por un lado está lo orgánico, lo intuitivo, lo que siento; y por el otro está esa precisión técnica, esa estructura que viene de la escenografía, del cine, del teatro. Por ejemplo, en las instalaciones que hice para Mercedes-Benz, esa unión es muy clara. No es solo una pieza estética: hay un sistema detrás, una lógica, una construcción muy pensada. Pero al mismo tiempo hay emoción, hay narrativa, hay atmósfera. Y creo que justo ahí es donde se vuelve interesante, en ese punto donde lo técnico y lo sensible dejan de ser opuestos y empiezan a trabajar juntos.” La conversación inevitablemente regresa a su estancia en el estudio de Willem de Kooning, un momento que redefine su manera de ver y de construir imagen. Más que una influencia estilística, fue una transformación interna. Moza Saracho: “Lo que cambió fue la manera de quitar capas. Él las ponía; yo las quité. Abstraje, rompí y reconstruí. Me gusta jugar con eso, que no sea evidente. Esa experiencia me obligó a conocerme y ya no pude regresar. Es un proceso continuo, un reto constante.” En ese punto, la artista habla con una claridad que no necesita teoría. Su práctica, más allá de referencias o contextos, se sostiene en una intención esencial: generar experiencias.
Moza Saracho: “Intento plasmar los momentos que atravieso. A veces quiero provocar una emoción específica, otras simplemente abrir un espacio. Me gusta que cada quien vea algo distinto, que se genere un diálogo. Es meterte en mi mundo, pero también crear el tuyo dentro de él.” La obra de Moza Saracho se sitúa en un territorio donde la abstracción deja de ser un gesto estético para convertirse en una forma de pensamiento. Su capacidad para traducir conceptos complejos —memoria, percepción, estructura— en experiencias visuales concretas la posiciona como una artista cuya práctica no depende de tendencias, sino de una investigación sostenida en el tiempo. En el contexto del Longines Global Champions Tour México 2026, su colaboración con Mercedes-Benz no solo destacó por su ejecución formal, sino por la profundidad conceptual que aportó al espacio. Códices en Suspensión y Portal no funcionan como escenografías, sino como sistemas vivos que dialogan con la historia, la tecnología y la percepción del espectador. En ellas, la marca no es representada: es reinterpretada desde un lenguaje contemporáneo que respeta su legado y proyecta su evolución. Hay en su trabajo una elegancia contenida, una precisión que no necesita imponerse. Su formación internacional, su paso por disciplinas escénicas y su capacidad de síntesis convergen en una práctica que se siente madura, pero en constante transformación. No busca explicar la realidad, sino descomponerla para habitarla desde otro lugar. En un momento donde la imagen suele privilegiar lo inmediato, la obra de Moza propone una pausa. Un espacio donde la mirada se detiene, se fragmenta y se reconstruye. Y es justamente en ese gesto —silencioso, pero profundamente consciente— donde su trabajo encuentra su mayor potencia. Instagram: @moza_saracho Plataforma: mozasaracho.com Texto y edición: BP Editorial Entrevista y citas: Moza Saracho Imágenes: @moza_saracho, Bloody Pie, Mercedes-Benz Todos los derechos reservados 2026
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