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En este vaivén de la respiración podemos descansar. Exhalar el esfuerzo. Sentirnos parte del fluir. Allí nace la gratitud real: no como una idea, sino como una experiencia encarnada. Estoy viva. Es suficiente. Gracias. El segundo camino hacia el despertar es intencional: enfocar la atención en lo que amamos, en lo que valoramos, en lo que sí hay. Lo que cultivamos con la mente, florece en la vida. Como enseñaba el Buda, nuestros patrones mentales suelen enfocarse en lo que falta, en lo que no está bien. Pero podemos entrenar la mente a elegir diferente. Haz una pausa. Respira.Piensa en alguien que te importe. Tal vez alguien que a veces te incomoda. Observa cómo se siente en tu cuerpo ese juicio. Y ahora, dirige la atención a lo que aprecias de esa persona. Su ternura, su generosidad, su risa. Deja que ambas realidades convivan. La imperfección y la luz. El juicio y el cariño. Y desde ahí, escoge. Escoge ver más allá de lo evidente. Escoge el amor. Agradecer la vida no es una fórmula rápida. Es un camino que se camina con atención. Con curiosidad. Con humildad.
Y con cada respiración, podemos volver. Volver a este momento. Volver a lo sagrado. ¡Nos vemos en el tapete! ¡Hasta la próxima! Namasté Instagram: @alequinterooria Texto: Alejandra Quintero Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2025
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