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Durante mucho tiempo se ha asociado la palabra sobriedad exclusivamente con sustancias o adicciones visibles. Pero existe un nivel mucho más profundo y universal: la sobriedad emocional, ese estado en el que dejamos de vivir reactivos, dependientes del mundo externo para sentirnos completas, y comenzamos a relacionarnos con la vida desde la presencia, la responsabilidad y la libertad interna. Según Allen Berger, autor de The 12 Essential Insights of Emotional Sobriety, este tipo de sobriedad no es un destino final, sino una práctica diaria: un camino para recuperar nuestro centro y dejar de delegar en otros nuestro equilibrio. Es el viaje de volver a la vida tal como es, sin amortiguadores, sin fantasías, sin exigirle a la realidad que sea diferente para poder estar bien. Hace apenas unos días tuve la fortuna de conocer a Allen Berger en persona, durante un retiro de gratitud con Tommy Rosen en Costa Rica. Escucharlo en vivo, mirarlo hablar de su trabajo con tanta claridad, humildad y profundidad, fue como recibir una confirmación silenciosa de que este camino es real, es posible y está disponible para todos. Su presencia reforzó en mí la certeza de que la sobriedad emocional es una práctica viva, encarnada, no solo un concepto intelectual. Desactivar la vieja narrativa La falta de sobriedad emocional aparece cuando, sin darnos cuenta, operamos desde viejos patrones: la necesidad de aprobación, el miedo al abandono, la búsqueda de control o esa urgencia de que el mundo “se acomode” para que nosotras podamos sentir paz. Es un mecanismo aprendido, muchas veces desde la infancia, cuando creíamos que nuestra seguridad dependía de la respuesta del otro. La sobriedad emocional invita a poner luz sobre esas narrativas automáticas y a reconocer que no somos ese guion, que podemos pausar, respirar y elegir de nuevo. Responsabilidad radical: dejar de pedirle a la vida que nos complete Uno de los pilares del libro —y quizá el más incómodo— es entender que nadie puede sostener nuestras emociones por nosotros. Ni la pareja, ni los hijos, ni el trabajo, ni la imagen que proyectamos. La sobriedad emocional surge cuando dejamos de buscar afuera lo que solo puede brotar adentro: estabilidad, claridad, autoestima, sentido. Este movimiento es profundamente liberador. No porque nos aísle, sino porque nos devuelve a una relación más honesta con los demás. Desde la responsabilidad, no desde la carencia. Tolerar el malestar: un músculo que se entrena Berger explica que la incapacidad para tolerar el malestar es una de las raíces de nuestra reactividad. Preferimos distraernos, evadir, culpar o anestesiarnos antes que sentir. La sobriedad emocional nos enseña lo contrario: abrirnos a la incomodidad sin colapsar. Cuando aprendemos a sentir sin huir, algo cambia. Dejamos de temerle a la vida y empezamos a confiar en nuestra capacidad de atravesar lo que sea. El equilibrio interno como práctica espiritual La sobriedad emocional no es frialdad ni desapego. Es, de hecho, un estado de profunda conexión: con el cuerpo, con la mente y con el corazón. Es saber reconocer cuándo nos estamos enganchando y volver a nuestro eje con amabilidad. Es cultivar la presencia, el discernimiento y la capacidad de responder en lugar de reaccionar. En mi propia experiencia —como madre, como mujer, como maestra de yoga y como persona en constante transformación— este equilibrio interno se convierte en una brújula silenciosa. No evita los retos, pero sí nos permite atravesarlos con más claridad, menos dramatismo y mucho más amor propio. Relaciones más auténticas
Cuando dejamos de cargar sobre otros la tarea imposible de hacernos sentir completos, nuestras relaciones cambian. Se vuelven más ligeras, más verdaderas. Podemos escuchar sin defendernos, pedir sin demandar, amar sin poseer. Y desde ahí, la vida se organiza de otra forma: menos desde la urgencia y más desde la elección. Volver a casa La sobriedad emocional, al final, es un acto de regreso: volver a habitar nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra historia. Es desarrollar la capacidad de estar en la vida con los ojos, el corazón y el alma abiertos, aun cuando duela, aun cuando nos confronte, aun cuando se sienta incierto. Como escribe Allen Berger, este proceso nos devuelve a nuestra fuerza esencial: la capacidad de responder a la vida desde la libertad, no desde el miedo. Y esa —para mí— es la verdadera transformación. ¡Nos vemos en el tapete! Namasté Sat Nam Instagram: @alequinterooria Website: alequinterooria.com Texto: Alejandra Quintero. Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2025
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