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Durante mucho tiempo pensé que transformarme significaba convertirme en alguien distinta. Más serena. Más sabia. Menos reactiva. Más disciplinada. Una versión de mí que pudiera atravesar la vida sin perder el centro, sin sentir miedo y sin equivocarse tanto. Con los años he comprendido que la verdadera transformación no consiste en fabricar una mejor versión de nosotros mismos. Consiste, más bien, en retirar poco a poco todo aquello que nos impide recordar quiénes somos. Ram Dass decía que las herramientas más poderosas para una transformación positiva son la mente humana y el corazón humano. No la mente saturada de pensamientos, anticipando problemas o tratando de controlar cada resultado, sino la mente cuando encuentra un poco de silencio. Y no el corazón protegido por capas de miedo y desconfianza, sino el corazón que se atreve a permanecer abierto. Escribo esta columna desde un momento especialmente difícil de mi vida. Estoy atravesando cambios profundos, despedidas, desilusiones y el cierre de ciclos que durante mucho tiempo formaron parte de mi identidad. Hay días en los que siento claridad y confianza, y otros en los que el miedo, la tristeza y el cansancio parecen ocuparlo todo. No escribo desde la otra orilla. No tengo todavía todas las respuestas ni puedo decir que ya comprendí el sentido de lo que está ocurriendo. Escribo desde la mitad del camino, mientras intento transitarlo con la mayor conciencia posible. Y quizá ahí se encuentre el verdadero sentido de la práctica. Porque meditar, respirar, estudiar yoga o hablar de presencia puede resultar sencillo cuando la vida fluye como esperábamos. El verdadero desafío comienza cuando el mundo que conocíamos se mueve bajo nuestros pies. Es precisamente en los momentos de inmenso reto cuando la práctica deja de ser una idea hermosa y se convierte en una herramienta indispensable. Cuando todo parece incierto, mi mente quiere encontrar una explicación capaz de ordenar el pasado y una garantía que me asegure que el futuro estará bien. Reconstruye conversaciones, anticipa escenarios y ensaya soluciones para problemas que quizá nunca lleguen. Yo también me pierdo ahí. También reacciono. También me enojo. También me despierto algunas noches tratando de entender cómo llegué hasta aquí y preguntándome qué sigue. La práctica no ha hecho que deje de sentir miedo. Tampoco ha evitado el dolor ni me ha convertido en una persona que permanece en calma frente a cualquier circunstancia. Lo que me ha dado es un camino de regreso. Una respiración para volver al cuerpo. Un instante de silencio antes de responder. La capacidad de observar mis pensamientos sin creer, necesariamente, en todos ellos. Porque la mente puede ser una herramienta extraordinaria, pero también puede convertirse en una prisión. Cuando creemos cada pensamiento que aparece, dejamos de ver la realidad y comenzamos a vivir dentro de nuestra interpretación de ella. Confundimos el miedo con una profecía. La incertidumbre con una amenaza. El final de una etapa con el fracaso de toda nuestra historia. Aquietar la mente no significa dejarla en blanco ni negar lo que estamos sintiendo. Significa crear un pequeño espacio entre lo que ocurre y la historia que construimos alrededor de ello. Ese espacio puede comenzar con una respiración. Con cerrar los ojos por un instante. Con llevar la atención al cuerpo y preguntarnos: ¿qué está sucediendo realmente en este momento? No mañana. No dentro de seis meses. No en la versión de los hechos que mi miedo está imaginando. Ahora. Muchas veces, en ese ahora, descubro que sigo aquí. Que estoy respirando. Que hay personas que me aman, una vida que me sostiene y una parte de mí que, aun cansada y lastimada, continúa confiando. El silencio no siempre cambia las circunstancias, pero cambia el lugar desde el cual las habitamos. Y después está el corazón. Abrir el corazón cuando todo marcha bien resulta relativamente sencillo. El verdadero aprendizaje comienza cuando la vida nos decepciona, cuando alguien nos lastima o cuando una situación despierta nuestra necesidad de defendernos. Cerrar el corazón puede darnos una sensación momentánea de seguridad. Nos endurecemos, juzgamos, culpamos y levantamos murallas. Creemos que así impediremos que vuelvan a herirnos. Sin embargo, un corazón cerrado no distingue entre el dolor y el amor. Al intentar protegernos de uno, también nos alejamos del otro. Abrir el corazón no significa permitir abusos, negar lo sucedido ni renunciar a nuestros límites. Podemos decir no. Podemos alejarnos. Podemos defender nuestra dignidad y elegir con claridad lo que ya no queremos para nuestra vida. La diferencia está en hacerlo sin permitir que el dolor nos convierta en alguien que no somos. Podemos cerrar una puerta sin cerrar el corazón. Podemos reconocer que una relación terminó sin negar lo que alguna vez nos enseñó. Podemos aceptar que alguien actuó desde sus propias heridas sin justificar sus acciones. Podemos dejar ir sin desear daño. Podemos agradecer lo vivido y, al mismo tiempo, elegir un camino diferente. Esta es, para mí, una de las prácticas más difíciles. Porque el corazón abierto nos vuelve vulnerables. Nos obliga a sentir la tristeza que hay debajo del enojo, el miedo que se esconde detrás del control y el duelo que acompaña toda transformación verdadera. Pero también nos devuelve nuestra libertad. Hoy empiezo a comprender que la práctica espiritual no consiste en mantenernos intactos. Tampoco en evitar que la vida nos rompa. Consiste en aprender a acompañarnos cuando eso sucede. En no abandonarnos en medio del dolor. En recordar que una emoción, por intensa que sea, no es la totalidad de lo que somos. Que este momento es una parte de nuestra historia, pero no necesariamente su desenlace. La práctica no siempre nos saca de la tormenta, pero nos ayuda a encontrar un lugar interior desde el cual atravesarla. Nos recuerda que incluso en medio del caos existe algo que permanece: la conciencia que observa, la respiración que vuelve y esa presencia silenciosa que continúa sosteniéndonos. Quizá la transformación no llegue como una revelación luminosa. Tal vez suceda en decisiones muy pequeñas y profundamente humanas: respirar antes de responder, pedir ayuda, establecer un límite, guardar silencio, escuchar con atención o elegir no devolver el daño recibido.
Tal vez transformarnos sea recordar, una y otra vez, que no somos únicamente nuestros pensamientos, nuestros papeles, nuestros logros ni nuestras heridas. Somos también la conciencia que puede observarlos. Somos el espacio en el que todo aparece y todo cambia. Somos ese corazón que, incluso después de romperse, conserva la capacidad de amar. Hoy no puedo decir que agradezco todo lo que estoy viviendo. Sería poco honesto. Hay experiencias cuyo regalo solo podemos reconocer con el tiempo. Pero sí puedo agradecer las herramientas que me ayudan a atravesarlo. La mente que, por momentos, logra hacer silencio. El corazón que, aun con miedo, intenta permanecer abierto. La práctica que me recuerda que no necesito tener resuelto el camino completo. Solo necesito estar presente para dar el siguiente paso. La vida seguirá cambiando. Habrá despedidas que no elegimos, preguntas sin respuesta y caminos que se revelarán únicamente mientras los recorremos. Nuestra práctica no consiste en evitar la incertidumbre, sino en aprender a permanecer dentro de ella sin abandonarnos. Y quizá sea precisamente en los momentos en los que sentimos que estamos perdiendo el rumbo cuando tenemos la oportunidad más profunda de volver a nuestra esencia. No sé todavía qué forma tendrá lo que viene. Pero estoy aquí. Mi mente puede descansar, aunque sea por un instante. Mi corazón puede permanecer abierto, aunque todavía duela. Y, por ahora, eso es suficiente. Vivir en Presencia. Instagram: @alequinterooria Website: vivirenpresencia.com Texto: Alejandra Quintero. Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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