|
Durante años pensé que mis actos más “amorosos” eran prueba de mi capacidad de entrega: mi intensidad, mi cuidado extremo, mi sintonía emocional, mi disponibilidad absoluta, mi presencia. Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer que muchas de esas conductas no nacían del amor, sino del miedo. Miedo a no ser elegida, a no pertenecer, a no ser suficiente. Miedo a sentirme sola dentro de mí misma. La codependencia es maestra en disfrazarse de virtud. No llega como un problema evidente. Llega como devoción, como fortaleza, como liderazgo emocional. En la superficie, parece noble. Pero en el fondo —en ese subsuelo donde habita lo que no hemos querido ver— es una herida que intenta regularse a través del sistema nervioso de otra persona. Aunque solemos ubicarla únicamente en el terreno romántico, la codependencia se filtra en todo: en nuestra relación con la comida, con el dinero, con el éxito, con el trabajo, con la familia, con nosotros mismos. Es cualquier comportamiento disfuncional que utilizamos para sostener un sentido de seguridad interna que no sabemos generar por nuestra cuenta. ¿Cómo se manifiesta en la vida real? (porque todos lo hemos vivido) En mí, y en muchos alumnos a quienes he acompañado, la codependencia aparece así:
La codependencia no solo se ve en los vínculos. También vive en los silencios: en los huecos internos que intentamos llenar con acción, validación, compañía, productividad o intensidad, anestesia, evación. Los síntomas más comunes —y más invisibles La codependencia puede manifestarse como:
A veces parece amor. A veces parece entrega. A veces parece éxito. A veces parece liderazgo. Pero en el fondo casi siempre hay un niño herido que solo quiere sentirse seguro. A veces es más fácil entender la codependencia nombrando lo que NO es La codependencia no es:
La diferencia se siente en el cuerpo: el amor sano expande. La codependencia contrae. El regreso a casa La buena noticia es que no estamos condenados a repetir estos patrones. Sanar no es perfecto, pero sí es posible. El camino inicia cuando dejamos de esperar que otro venga a rescatarnos, completarnos o sostenernos. Comienza cuando elegimos construir seguridad interna, presencia, límites claros y una relación honesta con nosotros mismos. Hoy sé que:
Sigo aprendiendo. Sigo observando. Sigo regresando a mí.
Y desde ahí, cada relación —incluida la que tengo conmigo misma— se vuelve un espacio más honesto, más consciente y mucho más libre. Un recordatorio final (inspirado en Elizabeth Gilbert) En su último libro, Elizabeth Gilbert escribe que nuestra vida cambia cuando dejamos de relacionarnos con nosotras mismas desde la exigencia y empezamos a hacerlo desde la ternura. Que el verdadero crecimiento no ocurre por castigo, disciplina o drama, sino por pequeños actos diarios de honestidad y suavidad interior. Me quedo con esa enseñanza: la sanación no es un evento extraordinario, sino una práctica íntima. Un gesto amable hacia una misma. Una elección repetida: regresar al corazón, una y otra vez. Nos vemos en el tapete. Namasté! Instagram: @alequinterooria Website: alequinterooria.com Texto: Alejandra Quintero. Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2025
0 Comments
Leave a Reply. |
