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La Práctica Espiritual ante la Muerte de Nuestros Padres Mientras escribo estas líneas, mi mamá está en la etapa final de su vida. Su cuerpo se ha ido apagando poco a poco. Ya casi no puede moverse, apenas logra decir alguna palabra y hay días en los que su manera de comunicarse es una mirada, un pequeño gesto o la respuesta casi imperceptible a una voz conocida o a la música. He acompañado procesos difíciles antes, pero nada nos prepara del todo para ver a uno de nuestros padres acercarse a la muerte. Hay algo profundamente doloroso en ese cambio de lugar: quien alguna vez nos sostuvo ahora necesita que lo sostengamos; quien nos dio la vida comienza a soltarla frente a nosotros. Una parte quisiera hacer más, encontrar una solución, negociar con el tiempo. Sin embargo, llega un momento en el que ya no hay nada que arreglar. La tarea es otra: estar. En momentos así entiendo de una manera nueva para qué sirve la práctica espiritual. Durante años podemos meditar, respirar, repetir mantras, estudiar a nuestros maestros y hablar de presencia. Pero la práctica revela su verdadero sentido cuando la vida nos coloca frente a aquello que no podemos controlar. No impide que el corazón se rompa. Nos ayuda a permanecer cuando se está rompiendo. Permanecer no significa mantener una calma perfecta. Hay días de claridad y otros de miedo. A veces aparece la tristeza; otras veces, el cansancio, la culpa o incluso el deseo de que todo termine para que la persona que amamos deje de sufrir. La práctica no exige sentir algo distinto. Nos permite reconocer lo que está aquí sin juzgarnos y volver, una y otra vez, al momento presente. Tara Brach llama «pausa sagrada» a este regreso. Es ese instante en el que dejamos de correr detrás de nuestros pensamientos y sentimos lo que verdaderamente está ocurriendo. Tal vez el cuerpo está tenso. Tal vez la mente repite que no estamos haciendo suficiente. Tal vez el corazón tiene miedo de la despedida. Hacer una pausa no elimina nada de eso, pero crea un espacio interior para recibirlo con ternura. En estos días he vuelto muchas veces a una práctica sencilla inspirada en RAIN, la herramienta que Tara comparte para atravesar emociones difíciles: reconocer lo que está pasando, permitir que esté aquí, investigar con suavidad cómo se siente en el cuerpo y nutrirnos con compasión. A veces solo alcanzo a poner una mano en mi corazón y decirme: «Esto duele porque amo». Esa frase no resuelve el dolor, pero deja de convertirlo en una batalla. Cuando podemos hacer espacio para nuestro propio miedo, dejamos de llevarlo entero a la habitación de quien está muriendo. Ya no necesitamos que esa persona nos tranquilice, nos responda o nos confirme que todavía está ahí. Podemos acercarnos con mayor quietud. Tomar su mano. Ponerle música. Humedecer sus labios. Hablarle aunque no sepamos cuánto alcanza a escuchar. Darle permiso de descansar. Ram Dass habló durante muchos años sobre el acompañamiento a los moribundos. Decía que, antes de entrar en una habitación, aquietaba su mente para poder encontrarse con la persona más allá de la historia de su enfermedad. No pretendía decirle cómo debía morir. Le ofrecía un espacio amplio y amoroso para que pudiera vivir su propio tránsito. Esa enseñanza me parece esencial: acompañar no es apropiarnos del proceso del otro. Es estar disponibles para él. También enseñaba que todos estamos aquí para acompañarnos a casa. Pocas veces esa frase ha tenido tanto sentido para mí. Acompañar a un padre o a una madre al final de su vida es caminar junto a ellos hasta donde podemos llegar. No cruzamos el umbral en su lugar y tampoco podemos evitarlo. Caminamos a su lado con la mayor presencia posible y, cuando llega el límite, confiamos. Maharaji, el maestro de Ram Dass, resumía su enseñanza en algo aparentemente sencillo: amar a todos, servir a todos y recordar a Dios. En la etapa final de la vida, servir pierde cualquier grandiosidad. Servir puede ser acomodar una almohada, cuidar el silencio, respetar el cansancio, sostener una mano rígida o elegir el alivio cuando ya no existe una cura. El amor se vuelve concreto. Está en los actos pequeños que protegen la dignidad de quien parte. Recordar a Dios, para mí, no significa negar la realidad del cuerpo ni cubrir el miedo con frases espirituales. Significa recordar que la persona frente a mí es mucho más que su deterioro. La enfermedad puede llevarse su movilidad, su memoria y sus palabras, pero no agota el misterio de quién es. Cuando la miro desde ahí, ya no veo solamente a una mujer enferma. Veo a mi mamá. Veo su historia, su esencia y el amor que nos ha unido. El papa Francisco habló de la muerte con una humanidad que siempre me conmovió. Recordó que Jesús lloró ante la muerte de su amigo Lázaro y que la fe no nos pide saltarnos el duelo. También dijo que, cuando una familia logra cuidar el amor que la une a quien está partiendo, la muerte no consigue llevárselo todo. Frente a la oscuridad de la muerte, proponía responder con un trabajo todavía más intenso de amor. Ese trabajo de amor también ocurre entre quienes se quedan. Cada miembro de una familia vive este momento de manera distinta. Uno necesita hablar; otro guarda silencio. Alguien busca datos médicos y otro se refugia en la oración. Hay quien puede estar a pie de cama durante horas y quien necesita salir a respirar. Ninguna de estas respuestas mide el amor. El dolor tiene muchos lenguajes. La práctica puede ayudarnos a no exigir que nuestros hermanos, hijos o familiares transiten este proceso como nosotros. Podemos hacer espacio para sus tiempos y para nuestras diferencias. A veces el servicio más amoroso consiste en relevar a quien está cansado. Otras veces es escuchar sin corregir, preparar algo de comer o permitir que alguien llore sin apresurarnos a consolarlo. También nosotros necesitamos ser sostenidos. Hay una tentación muy humana de revisar la historia completa cuando sentimos que el tiempo se acaba: lo que dijimos, lo que callamos, lo que hicimos bien y lo que habríamos querido hacer distinto. La presencia nos devuelve a lo único que todavía está vivo: este momento. Quizá ya no podamos reparar toda una historia, pero todavía podemos ofrecer una mirada sin prisa, una palabra de gratitud, un perdón o un simple «aquí estoy». Acompañar el final de la vida de nuestros padres también nos enfrenta a la niña o al niño que todavía vive dentro de nosotros. Esa parte teme quedarse sola, aunque seamos adultos y tengamos nuestra propia familia. La práctica nos invita a abrazar también a ese ser pequeño. No tenemos que expulsar el miedo para ser fuertes. Podemos sentirlo y, aun así, permanecer con el corazón abierto.
Tal vez eso sea vivir en presencia: no escapar hacia un futuro que todavía no llega ni refugiarnos en el pasado para evitar lo que tenemos enfrente. Respirar aquí. Sentir los pies en el suelo. Escuchar. Tocar con ternura. Permitir que el amor haga lo que sabe hacer cuando ya no puede cambiar el desenlace: acompañar. No sé exactamente cómo será la despedida de mi mamá. Estoy aprendiendo a no pedirle a este momento que sea distinto. Mi intención es poder estar cerca sin aferrarme, escuchar incluso sus silencios y ofrecerle la tranquilidad de saber que puede descansar. Habrá dolor, porque hay amor. Pero también puede haber gratitud, intimidad y una paz que no depende de tener respuestas. A quienes hoy acompañan a un padre, una madre o un ser querido en su última etapa, quisiera decirles algo que también necesito recordar: no tienen que hacerlo de manera perfecta. No tienen que estar serenos todo el tiempo ni encontrar las palabras correctas. Su presencia basta. Cada caricia, cada canción, cada silencio compartido y cada decisión tomada desde el amor forman parte de la despedida. Y a mis hermanos y a toda mi familia: no tenemos que saber cómo soltarla. Podemos aprender juntos, un momento a la vez. El amor que hoy nos reúne alrededor de ella no termina cuando su cuerpo se vaya. Ese amor ya vive en nosotros y será también la fuerza que nos sostenga cuando llegue el momento de dejarla partir. Instagram: @alequinterooria Website: vivirenpresencia.com Texto: Alejandra Quintero. Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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