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El más reciente libro de Elizabeth Gilbert, All the Way to the River, no es solamente una historia de amor atravesada por la enfermedad y la muerte. Es una confesión incómoda sobre nuestras adicciones emocionales. Y cuando hablo de adicciones, no me refiero únicamente a sustancias. Me refiero a algo más sofisticado, más románticamente celebrado y, por eso mismo, más difícil de reconocer: la adicción al amor, al sexo y al drama relacional. Gilbert describe una relación profunda y auténtica, pero también atravesada por intensidad, heridas y patrones que muchas mujeres conocemos bien. La necesidad de fusión. La ansiedad ante la distancia. La creencia de que sin esa intensidad no hay conexión real. Porque no toda pasión es amor. A veces es abstinencia disfrazada. Como mujeres, hemos sido socializadas para creer que el amor romántico es nuestro eje identitario. Que ser deseadas valida nuestra existencia. Que el vértigo emocional es señal de profundidad. Nos enseñaron a esperar el mensaje, a interpretar silencios, a medir nuestra valía en función de cuánto nos eligen. Y en ese aprendizaje cultural, muchas desarrollamos una relación adictiva con el amor. Adicción a sentirnos necesarias. Adicción al drama que nos hace sentir vivas. Adicción al sexo como confirmación de pertenencia. La adicción al amor rara vez se ve escandalosa. A veces se ve funcional. Exitosa. Elegante. Se esconde detrás de relaciones “intensas” que en realidad están regulando ansiedad, miedo al abandono o vacío interior. Yo lo aprendí tarde. Me tomó dos matrimonios entender que nadie viene a completarme. Me tomó varios intentos de relación para comprender que la intensidad no es intimidad. Que la montaña rusa emocional no es pasión, es desregulación. Cuando usamos la relación para anestesiar el vacío, el amor deja de ser encuentro y se convierte en estrategia de supervivencia. Y aquí es donde el libro de Gilbert se vuelve profundamente espiritual. Porque la enfermedad y la pérdida la obligan a atravesar no solo el duelo por su pareja, sino el duelo por la fantasía. La fantasía de que el amor puede salvarnos de nuestra propia oscuridad. Pero el amor no está diseñado para salvarnos. Está diseñado para despertarnos. En el camino de la recuperación emocional —esa que no necesariamente implica dejar una sustancia, sino dejar de usar al otro como regulador emocional— aprendí que la sobriedad relacional no es frialdad, es libertad. No es ausencia de deseo; es ausencia de dependencia. En el trabajo de recuperación, como enseñan comunidades como Recovery 2.0, la verdadera sobriedad no se limita a lo químico; incluye lo emocional. Incluye reconocer cuándo estamos usando el sexo, la atención o la intensidad como dopamina para evitar el silencio interior. Y sostener ese silencio requiere valentía. Aquí inevitablemente recuerdo las enseñanzas de Ram Dass, quien hablaba del amor como práctica espiritual. No como emoción romántica, sino como camino de conciencia. Para Ram Dass, la pareja no es refugio del trabajo interior; es el laboratorio donde el trabajo se revela. La relación como espejo. Como ashram. Como campo de práctica. La pareja como ashram. La intimidad como disciplina espiritual. Amar desde la conciencia implica observar nuestras reacciones sin culpar. Ver cómo se activan los celos, el miedo, la inseguridad. Elegir responder desde la presencia y no desde el condicionamiento.
Eso es tapas: atravesar la incomodidad. Eso es swadhyaya: estudiarnos en el espejo del otro. Eso es rendición: dejar de controlar el resultado. La verdadera intimidad no se construye desde la fusión, sino desde la responsabilidad emocional. No desde el “te necesito para estar bien”, sino desde el “estoy bien y te elijo”. Y esa diferencia lo cambia todo. En el libro, la pérdida termina siendo la gran maestra. Cuando el objeto de nuestra intensidad ya no está, cuando la narrativa romántica se desmorona, lo único que queda es la relación con uno mismo. Y ahí empieza la liberación. Soltar no es dejar de amar. Es dejar de usar el amor como anestesia. Quizá el amor adulto no se siente como vértigo constante. Quizá se siente como regulación. Como calma. Como un sistema nervioso que ya no necesita drama para sentirse vivo. Amar desde la práctica espiritual es amar sin poseer. Es permitir que el otro tenga su propio destino. Es caminar juntos, no fusionados. Es, en palabras de Ram Dass, “caminar juntos a casa”. Y, aun sabiendo que todo es impermanente, elegir amar. Sin adicción. Sin anestesia. Con conciencia. “No es que dejemos de buscar el amor; es que dejamos de usarlo para huir de nosotros mismos… y entonces, por fin, empezamos a amar despiertos.” ¡Hasta la próxima! Nos vemos en el tapete. Namasté. Instagram: @alequinterooria Website: alequinterooria.com Texto: Alejandra Quintero. Imágenes: F.P. Derechos Reservados 2026
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